Tuve un sueño. Uno raro, colorido, como hace tiempo no tenía. El último sueño lleno de color que tuve implicaba el fin del mundo, y nosotros huyendo por carreteras larguísimas que se extendían hasta el cielo. Y mi padre, y la casilla, y todas sus baratijas, colecciones y pertenencias, y yo buscando una llave mientras pensaba esto es lo único que me queda. Y el otro (último) sueño colorido que tuve solo tenía peluches gigantes, hombres grandes y musculosos con máscaras peludas de animales, un gran predio similar a un sitio de juegos, como esos a los que de pequeña quería ir pero difícilmente me llevaban y cuando lo hacían yo difícilmente los disfrutaba, y luego un tiroteo. Yo me decía es lo mismo que la otra vez, y después se paraba todo, como si fuera la grabación de una película.

Y ahora el último, efectivamente el último que tuve, era un mundo solo de adultos que usaban carritos de niños para trasladarse. Carritos pequeños, de plástico, en los que apenas se podía apoyar los pies, que se deslizaban por carriles larguísimos y que otro tenía que empujar. Yo no era yo. Yo era una mujer, otra, cualquiera. Yo era una mujer que reconocía y no conocía a la vez. Yo subida en un carrito pequeño verde, que no tenía suficiente fuerza para avanzar. "Necesito que me empujes" y yo, otra yo que era otro, empujaba. "No sé si va a subir" "No importa, ahora agarra ritmo y avanza". Y el carrito con la otra mujer que era yo avanzaba, subía y se perdía en una pendiente. Y yo me quedaba mirando y de repente estaba frente a otros rieles, los rieles por los que pasa un tren. Me asustan los trenes. Me generan terror, directamente. Cada vez que veo uno tengo miedo de perder los pies. Y entonces aparecía una chica, una conocida solo del sueño, que venía distraída, descalza, a punto de cruzar cuando se aproximaba un tren. Le gritábamos que no avance, y se salvaba al último minuto. Después nos reuníamos. "Siempre tan distraída". No se si subía al tren o no, no se si esa mujer con la que hablaba después era la misma, no se. Pero de repente éramos 4. Caminábamos por un barrio que conozco; no de la realidad, pero sí de los sueños. Un barrio con casas grandes, patios enormes, casas con fuentes, casas rotas, casas con agua dentro, y un ambiente tan reconfortante que podría quedarme por siempre. De repente estamos en una cafetería. "Esta cafetería es cara y lo que sirven no lo vale". Una chica pide unas tostadas... no se que traen, pero vienen húmedas, raras. Yo miro, las chicas me miran. Tenés que decir algo, porque ella no sabe Y me miran y siguen mirándome. Miro a la chica que sirve las tostadas y que ahora las adornó tanto que ya no parecen más esas tostadas raras del principio, pero las agarro, las doblo, la masa húmeda y agrietada, le digo que no es lo que se pidió. La empleada me mira frustrada, como si me dijera Yo solo hago lo que me dicen y yo solo puedo decirle no, no y nos vamos. Y después no se que más pasa. Hay risas, muchas risas. Hace tiempo que no me reía tanto, ni en un sueño ni en la vida. Me río un montón. Cruzamos por una tienda de perfumes y yo me vuelvo para decirme mentalmente ¿Qué es eso? Perfumes. Solo de 100ml ¿Y hay tiendas con perfumes de 200ml, 500ml?. Quisiera volver, ir a la tienda, que está impecable e iluminada frente al cielo gris y el color ocre del edificio. "Le tendría que comprar un perfume a mi madre" "Podés volver otro día, salir otro día, ya sabes dónde está" "Sí, siempre me olvido". No se por qué se me caen las lágrimas.

jul 20 2026 ∞
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